jueves, 24 de abril de 2008

EL CORAZÓN HELADO


Eran españoles y bebían champán. Eran españoles y por eso bailaban y cantaban, y hacían ruido, e invitaban a beber, a bailar, a cantar, a cualquiera que se acercara a mirarlos, pero su alegría era distinta, mucho más pura, rotunda y luminosa, más trivial quizás que la que iluminaba las mejillas hundidas de quienes habían pagado un precio elevadísimo por sonreír aquella noche, pero también más entera, más cercana a la felicidad auténtica. Los vieron por casualidad, cuando iban a recoger el coche para volver a casa, y se quedaron mirándoles por pura diversión, sólo porque eran tan jóvenes y hablaban tan alto y se reían tan fuerte, y hacían tanto ruido y estaban tan contentos.

-¿Sois españoles? -preguntó a la tía Olga el que se fijó en ellos, y Olga bebió de la botella antes de contestar.

-Sí.

-¿Emigrantes? -insistió, y Olga volvió a beber, negó con la cabeza, hizo una pausa para tomar aire y señaló al abuelo.

-Ese es mi padre -dijo-. Ignacio Fernández Muñoz, alias el Abogado, defensor de Madrid, capitán del Ejército Popular de la República, combatiente antifascista de la Seguda Guerra Mundial, condecorado dos veces por liberar Francia, rojo y español -y en su voz tembló una emoción, un orgullo que Raquel no pudo interpretar.
Había escuchado lo mismo tantas veces, ése era su abuelo, el padre de su padre, que cantaba estoy hasta los cojones de la Guerra Civil, y se reía, y su hermana, que coreaba sus cantos y sus carcajadas, estaba ahora muy seria, tanto que ni siquiera se molestó en limpiarse la lágrima que descendia despacio por la mejilla, pero eso no le sorprendió tanto como la rección del desconocido, casi un muchacho, que se acercó al abuelo, le tendió la mano, y se dirigió a él con el acento emocionado, el cuerpo muy derecho, la cabeza alta, un gesto de hombre adulto en la mandíbula.

-Señor, para mí es un honor saludarle.

Raquel que se acordaría siempre de aquel día, contempló la escena como si estuviera senatada en un cine, viendo una película. El acordeón dejó de sonar, los que baliaban se quedaron quietos, los que cantaban callaron de pronto, y en la plaza pequeña hizo mucho frío mientras corría un murmullo entrecortado, respetuoso, casi litúrgico, capitán, República, rojo, palabras venerables, pronunciadas en voz baja con mucho cuidado y los labios rozando el oído del destinatario, para no herirlas, para no desgastarlas, para no restarles ni un ápice de su valor.

ALMUDENA GRANDES

2 comentarios:

Martu dijo...

"...su alegría era distinta, mucho más pura, rotunda y luminosa...[..] más entera, más cercana a la felicidad auténtica.. "

Me quedo con eso y con "españoles...emigrantes y rojos". :)

Después de Lodz...ya sabes, hay palabras que calan más. ;)

Me ha gustado, Mogli

Anónimo dijo...

Con el acento emocionado te digo... qué grande es Almudena!

Te quiero, wapux